Sus sencillos ingredientes de sabor rural hacen hay las delicias de tirios y troyanos.
Vivimos Tiempo de Banquetes Interactivos. Soy una inverterada coleccionista de libros de cocina y acabo de recibir de la editorial Knopf de Nueva York uno que me gustaría compartir mi entusiasmo antes de colocarlo en mi biblioteca de la despensa junto aquella pequeña antología de recetas de La cocina judeo-española de Méri badi, editado por Muchnick.
El tratado en cuestión lleva por título The Book of Jewish Food y está firmado por Claudia Roden, una judía sefardita de El Cairo.
Cierto es que he encontrado al fin un testimonio escrito, de mi infancia gastronómica, en Varsovia. Polonia estaba entonces tan ligada ala cultura judía que era rara la familia, las aristocráticas incluidas, que no tuvieran un “judío en casa”. Ese entrañable personaje era a la vez un consejero, un hombre de negocios y hasta un amigo fiel. El nuestro se llama Jacob y los primeros sufganioth que probé me lo ofreció él, ¡qué delicia de buñuelos de mermelada de frambuesa con una lluvia de azúcar glass por encima! El otro día me llamó un amigo de Boston y me dijo que allí la última era la cocina Kosher. Palabra que describe las reglas alimentarías del Levítico para la tribú de Judá, tales como no comer pescado sin escamas, carnes sin desangrar o productos que no sean estrictamente naturales.
”lo kosher es chic”, me dije, y no me equivoque por estando a los pocos días ante el menú del restaurante Hotel Villamagna de Madrid, cuál no sería mi sorpresa al comprobar que tenían a uno Kosher bajo la estricta supervisión del rabino de la Sinagoga de Madrid.
En honor a la siguiente copa de cava (Moët), volveré a otro exquisito plato, una receta de maravillosa sencillez. La cosa es tan simple como cuajar un libro de leche entera y ponerla luego a enfriar en la nevera en un plato sopero. Luego añadir una o dos patatas bien calientes, hervidas con su piel en agua salada, y cubrir todo con cebolla picada, frita en manteca de cerdo. Es este un plato que ya no es tan fácil de degustar por la escasez de su ingrediente fundamental: la lecha entera de verdad.
Me diréis quizás que algo tan rústico no es de gourmet ; que ¿cómo puedo pensar en semejante combinación de sabores Moët & Chandon, en copa? En mi descargo diré que soy persona de gustos elementales en el sentido más terrenal del término. Por eso me emocioné cuando cayó en mis manos este libro de sencilla cocina judía.
El espíritu de Jacob ha vuelto a mi casa.
“ EL OTRO DIA ME LLAMOUN AMIGO DE BOSTON Y ME DIJO QUE LO ULTIMO ALLI ERA LA COCINA KOSHER, QUE LA DIETA DEL LEVITICO ES MUY SALUDABLE ”
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